Patrimonio Intelectual vs. Conocimiento Libre
(La incesante batalla de las palabras es la inagotable construcción de la cultura)

Alejandro Ochoa Arias

La propuesta de una mesa redonda para discutir sobre la condición de encrucijada en la cual la ciencia y la tecnología se debaten para constituirse en patrimonio individual o de la colectividad, es una propuesta que está profundamente condicionada por la aceptación de una situación de riesgo que parece abarcar a la humanidad toda. Al menos, a una humanidad que creemos la constituye toda la especie humana. Esto último, sin embargo, necesita discutirse porque es allí donde radica alguna de las condiciones que sugieren que no se trata de una simple batalla de ideas. En realidad, en el fondo de la discusión subyace la diatriba más temible, a saber: Quienes somos humanos?

Para ello, trataré de explorar de forma breve una caracterización de la confrontación entre el denominado conocimiento libre y el conocimiento como patrimonio. Una vez caracterizados, trataré de puntualizar que el debate radica en concepciones opuestas de humanidad que nos conducen inevitablemente a un debate entre una libertad radical y una solidaridad humanista. Las formas políticas que encarnan este debate y que son denominadas erróneamente como capitalismo y socialismo lo dejaré para la instancia del debate.

Ciencia y tecnología como útiles:
Seguramente entre quienes son cercanos a la ciencia y la tecnología (CyT), se dibujará una sonrisa que va desde el reconocimiento de lo obvio hasta la mueca de quien siente lo impensable: la CT desprovista de su condición excelsa de actividad trascendental del hombre en el ejercicio de la más humana de las actividades del hombre: la razón.

Pues bien, la situación de encrucijada del conocimiento está definida por una parte, por la constitución final del conocimiento y sus aplicaciones en mercancía y, por la otra, por el reconocimiento de esta concepción como dominante en el discurso de la CyT. Es por ello que quien lo vio obvio ahora su sonrisa es mueca y la mueca se dibuja ahora como sonrisa de quien muriendo, sabe porque muere. Es cierto que esto es adelantar a las conclusiones, pero tiene la ventaja de ir señalando que quizás tal como sucede con la guerra en la cual la primera víctima es la verdad; del mismo modo, cuando el conocimiento es mercancía, la ciencia es víctima. De qué modo la ciencia es víctima?

Hemos señalado la condición de útil de la CyT y con ello nos estamos refiriendo a lo que constituye la contribución más relevante de ambas para la sociedad contemporánea. Esto es así porque el modo como se concibe la contribución de la CT a la sociedad está centrada en la condición de uso o utilidad. Por ello, la mayor parte de los modos como se ha venido constituyendo la CyT como complejas prácticas humanas y que ameritan una organización destinada a captar recursos, ordenar tareas, prioridades y definir estrategias para el logro de los objetivos han estado guiados por la búsqueda de resultados específicos o productos pre-concebidos o diseñados. En este sentido, bien pudiera señalarse que lo ocurrido en términos de la constitución de las prácticas sociales de la ciencia y la tecnología están siendo guiadas por la predicción de los resultados y el control del comportamiento de los fenómenos. Es decir, por el predominio de un interés instrumental (ver Habermas, 1987).

Ahora bien, el predominio del interés instrumental no agota las condiciones de posibilidad desde la cual el ser humano se interroga en torno al mundo en el cual habita y eso incluye la relación con sus congéneres. Esos otros intereses, no obstante que han sido asociados en el discurso filosófico con otras ciencias, han sido eclipsados por el interés instrumental, lo cual indica que incluso aquellas denominadas como ciencias del espíritu, de la cultura y finalmente como ciencias sociales, hayan sido convertidas en instrumentos y sus resultados en productos. Es, por decirlo brevemente, una suerte de demanda hecha a la ciencia para que se convierta en generadora de técnicas.

La noción de utilidad entonces experimenta inevitablemente un quiebre que es de profundo impacto. La CyT deja de ser útil porque nos informa y nos permite comprender cuanto acaece en el mundo para ser útil porque da productos. La utilidad cognoscitiva y con ello el dar lugar a distintos modos de interrogar al mundo, de asombrarnos de lo que acaece en cuanto fenómeno que consideramos nos interpela, se ve disminuida. La utilidad primaria de la ciencia, aquella del cultivo de formas de interrogar sobre el mundo y al mundo se desvanece. En este sentido, el devenir de la CyT se orienta hacia la titánica empresa de ordenar, enseñar y sistematizar el preguntar. Lo cual, ya deja de ser asombro para convertirse entonces en un modo de interrogar preciso y orquestado que constituye eso que ahora denominamos la labor del científico y el tecnólogo.

Esta peculiaridad de la sistematización del interrogar ha potenciado la construcción de la CyT y, sin duda, la focalización en sus resultados y en la continuidad de sus logros. De la excepción del asombro hasta la sistematización del interrogar, bien pudiera así denominarse el curso de la CyT como actividad humana.

Ahora bien, en este tránsito y sistematización del modo como se ordena y controla al mundo se ha dado un proceso de acumulación del conocimiento amparado en la creencia progresiva y en la aproximación sucesiva a la verdad. Es así como bien pudiera entenderse que la publicación del conocimiento en revistas arbitradas además de indicar el esfuerzo de muchos en generar conocimiento, también revela la condición previsible del conocimiento como bien acumulable, continuado y especializado. Veamos estos tres aspectos que son determinantes para que la CyT se constituya en una empresa productiva y en esa misma medida, como es que ocurre que la CyT “salta” desde su valor de uso asociado a la pertinencia del conocimiento hacía un “valor de intercambio” que responde a una dinámica asociada a la compra y venta del conocimiento.

El conocimiento como bien acumulable y continuado es una de las condiciones sobre las cuales descansa el avance de la CyT. No en balde, la idea de progreso científico y tecnológico tiene como fundamento la posibilidad de hacer sistemático el sentido en el cual el conocimiento se hace válido. Es decir, cuando logra dar cuenta de algo más que el conocimiento con el cual se contaba hasta entonces. Este algo “más” ha tenido las variaciones propias que han venido de la mano de la condición de la refutabilidad del conocimiento. De este modo, la continuidad es doble. Por una parte, está centrada en la condición de un avanzar en una dirección proyectada, es decir, una dirección a la cual se dirige la mirada porque es en esa dirección que se requiere que se lance el preguntar. La otra continuidad está asociada o derivada de la condición de generadora de soluciones a la cual se le empuja a la ciencia. Lo que ocurre en la era de la técnica o la tecnología es la disposición del conocimiento para ser instrumento, lo cual conduce inevitablemente a una continuidad sostenida por la necesidad y no por el asombro o el interrogarse por el mundo.

La necesidad define entonces ahora la condición de lo bueno del conocimiento y su condición de acumulable sugiere que puede entonces ponerse a disposición para quien demande la satisfacción de la necesidad. Allí, el conocimiento adquiere un valor de intercambio que sugiere la importancia de resguardarlo para que su valor se mantenga o se eleve. De este modo, disfrutamos gratuitamente de conocimientos de origen ancestral cuya transmisión de generación en generación no está sometida a la condición de demanda por su condición más bien simple y apropiada socialmente.

La condición de resguardo del conocimiento es entonces resultado del valor de intercambio del conocimiento. Mejor aún, para decirlo con mayor precisión, se trata del valor de “oportunidad” que comporta un determinado conocimiento. La ciencia y la tecnología en cuanto generadores del conocimiento adquieren su mayor potencia como actividad productiva cuando son capaces de crear la “oportunidad” que las demande y sostener aquellas condiciones para que ese conocimiento se haga cada vez más necesario. En esa misma medida, ese conocimiento en cuanto bien anhelado podrá entonces ser asumido como propiedad, condición básica para que pueda ser objeto de intercambio. Esto nos conduce a un tema que ha sido considerado esencial en la constitución de las antípodas de un debate sobre el valor socialmente aceptado del conocimiento, me refiero a la propiedad intelectual y al conocimiento libre. ¿Qué es lo que sostiene o fundamenta este debate?

De “la tierra es de quien la trabaja” al “conocimiento es de quien lo necesite”
El tema de la propiedad de la tierra constituye sin duda una de las más añejas discusiones en torno a las cuales ha girado la noción de propiedad. La discusión no se ha zanjado pero sin duda ha sido aceptado que es un “acuerdo” al cual llegan las sociedades y en consecuencia, por la misma condición humana, se trata de un concepto debatible. Si esto acaeció con la tierra, sin duda, el bien más inmediato sobre el cual el hombre definió su derecho y potestad, con mayor razón deberá ocurrir con aquellos bienes de origen menos inmediato y cuya constitución en cuanto bien comportan la participación de múltiples actores. En estos casos, el tema de la propiedad además de ser contingente y relativo a un determinado orden social o legal, está inevitablemente ensombrecido por la imposibilidad de finalmente poder reconocer y obrar con justicia con las fuentes originarias del conocimiento. De allí, que la noción de la propiedad intelectual o la de patrimonio intelectual adquiere una connotación que inevitablemente se sumerge en un espacio que no es el espacio desde el cual la CyT surgen y florecen. Es otro espacio, es otro orden. Para decirlo en breve, se trata de la colonización del espacio desde el cual la ciencia y la tecnología florecieron como actividades profundamente humanas para ser re-vestidas de actividades condicionadas por una realidad que se supone más primaria: el mercado. El drama está precisamente en asumir al mercado como una actividad que es “primaria” a las otras actividades del hombre. No sólo porque le antecede sino además, y quizás por ello su preeminencia es más destacada, porque las legitima. Pues bien, la legitimidad de la que hace gala el mercado y con ella la ciencia que la dice estudiar: la economía, es una legitimidad que está desde siempre en crisis. La crisis de legitimidad del mercado no es un asunto que se revela desde las posturas ideológicamente contrarias. Es un asunto que le acaece al interior de su propia lógica porque es inevitable que el mercado siempre necesite expandirse y su sostén es el desbalance de la oferta y la demanda. Pues bien, parece que ante los límites del crecimiento, ya no sólo los materiales en términos de las capacidades de recuperación de los recursos materiales del planeta, sino de la capacidad misma de expandirse entonces se requiera estar en la continua creación de los mercados y la re-creación de las demandas.
La revolucionaria frase: “la tierra es de quien la trabaja” no es más que el reconocimiento del agotamiento de la tierra como una mercancía cuya acumulación parece haber cesado como una oportunidad para el enriquecimiento en sí mismo. Cede ante la inevitable evidencia de que la tierra sin uso, no vale. Pero del uso que acá hablamos de la tierra no se refiere a la renta que genera la tierra en tanto que bien en sí mismo. Es el uso de quien labra la tierra y la trabaja. Mal usada la frase entonces, cuando hablamos de tierras ociosas. Son ociosas en realidad, las manos que dicen poseerla. Desde esta simple inversión de la ociosidad de la tierra a la ociosidad del terrateniente es que se justifica socialmente que la tierra sea de quien la trabaje. Propiedad o patrimonio entonces no sólo es re-distribuido, sino que es re-conceptualizado. La propiedad será en función de su uso. La propiedad más “apropiada” será entonces aquella que es entregada al mundo porvenir no sólo en buen estado sino incluso mejorada. Sin duda, creo que de eso se trata cuando se trata de entregar un mundo mejor para las generaciones porvenir . No se trata de entregar lo acumulado, sino que lo acumulado sea útil, significativo y bueno.
Pues bien, desde una noción de propiedad como la anteriormente dibujada, el conocimiento no sería apropiado para su usufructo sino para su uso y enriquecimiento. Lo cual implicaría que en el tema del conocimiento, el ejercicio de la propiedad sería en función de un uso apropiado. Ahora bien, Qué es el uso apropiado?. El tema de esta pregunta se nos escapa del foco que ahora atendemos, lo que si podría ser atendido es que el uso será apropiado si revierte y enriquece aquello que es la fuente originaria del conocimiento. Pues bien, la fuente originaria del conocimiento en sentido estricto es la sociedad en su totalidad. Más aún, es la humanidad toda en su sentido más extenso y con una profunda consciencia de la constitución histórica del conocimiento. En este sentido, la determinación de un propietario exclusivo del conocimiento es la puesta en paréntesis de la condición más humana del hombre, el conocimiento, para el provecho de algunos y la desventura de otros.

Sin duda, la constitución del conocimiento como el principal motor para los procesos de generación de riqueza en el presente, nos pone en un curioso estadio de la humanidad. De forma subrepticia pero sostenida, la humanidad, esa extraña constelación que nos enuncia y anuncia la razón como el piso fundamental sobre el cual nos constituimos en seres capaces de indagar y conocer se desdibuja en la pretendida forma universal del consumidor o cliente. Esta aseveración última sobre la constitución del ser humano en consumidor o cliente del conocimiento en particular, y del mundo en general, nos permite acercarnos a la forma más acabada del hombre en el presente. Es la forma más acabada porque alcanza un nivel de reducción de la humanidad que difícilmente puede ser más descarnado o básico. Pero además, es la forma más acabada porque deja al ser humano con lo más bajo de su condición humana: consumir. Es casi similar a la condición de parásito. Es en el mismo tiempo el hombre, el gran parásito y el gran controlador del mundo. Control ejercido por la capacidad de disponer de los recursos de tal modo que la realización de sus fines se potencia pero, y de forma paradójica, ejercita el control de la destrucción total de aquello que se precia en construir.

De lo anterior, bien pudiera concluirse que la divulgada idea de la propiedad o patrimonio intelectual es la forma más elaborada para constituir en objeto de demanda y oferta la condición más humana: la de interrogar al mundo, conseguir respuestas y tratar de hacerlas parte de la herencia cultural con la cual una generación le concede a la otra, la posibilidad de una existencia más plena. Es decir, la propiedad intelectual pone al servicio de una dinámica inevitablemente excluyente la posibilidad de sobrevivencia de la humanidad como concepto histórico y de la especie humana como categoría de clasificación posible y relevante.

Una última reflexión antes de abordar el tema de la liberación del conocimiento. Pareciera quedar en evidencia que es necesario un uso apropiado del conocimiento. Lo que no parece demasiado evidente es que podemos entender en el presente por apropiado. La reducción del conocimiento a la propiedad de alguien o de algunos, es una curiosa usurpación de todo aquel conocimiento que fue necesario para ese avance que ahora se hace inalcanzable, secreto, o al menos, condicionado al mejor postor. Sin duda, un aspecto que requiere mayor elaboración que lo acá esbozado se refiere a la condición profundamente tecnológica con la cual consideramos al conocimiento en el presente. Para ello, debemos revisar lo que en el debate es la antípoda de la propiedad del conocimiento: el conocimiento libre.

Conocimiento Libre o Conocimiento Liberador:
En oposición a la condición privada o privativa del conocimiento se propone un conocimiento que reconoce algunos grados de libertad considerados críticos para garantizar que el conocimiento cumpla con un conjunto de condiciones consideradas como necesarias para que el conocimiento sea liberado de una pretendida mercantilización de su actividad. Quizás, sería más apropiado señalar que lo que acaece históricamente es un afán por regular el modo como el conocimiento se ha ido convirtiendo paulatinamente en un bien de intercambio cuyo acceso y generación está mediado por una relación económica antes que por una condición humana básica: La vocación por conocer.

En este sentido, las así denominadas libertades sobre las cuales se construye el conocimiento libre parecen apuntar a crear las condiciones mínimas para que el conocimiento sea de la humanidad toda. Veamos el modo como esas libertades liberan y restringen.
La denominada libertad “0” asociada a la adquisición y uso libre del conocimiento pareciera ser lo suficientemente contundente para que el tema del conocimiento quedase liberado de la condición de bien de intercambio en el plano económico y más bien pertenecer a un bien de intercambio en una dimensión socio-cultural, guiado por una economía del don. Esto último es asumir que el conocimiento se libera de su condición económica.

Sin embargo, la definición habla de adquisición. ¿Cómo se adquiere el conocimiento? ¿De qué adquisición se está hablando? Es evidente que hay dos lecturas posibles de este “adquirir”. Una, asociada a la libertad de adquirir como en la “libertad de mercado”. Es decir, que no haya restricciones en el acceso al mercado. Es decir, la libertad de adquirir o de compra: La libertad del mercado. La otra se refiere a la libertad de adquirir sin ninguna otra restricción que las habilidades intelectuales para apropiarse del conocimiento. ¿Cuál de estas dos libertades son realmente liberadoras del conocimiento? Es evidente que la primera es insuficiente para la idea de la realización del uso apropiado del conocimiento como lo hemos entendido anteriormente. El hecho de las dos posibles lecturas nos conducen inevitablemente a indagar sobre las naturaleza de las otras tres libertades para poder dibujar con pertinencia los límites de estas mismas libertades.
La libertad “1” se refiere a la posibilidad de adaptar el conocimiento a las necesidades de quien demanda un determinado conocimiento. Esta libertad es “extraña”. La extrañeza para nosotros radica en que dado que el conocimiento si ciertamente es un bien, es un bien que una vez lograda la libertad “0” entonces no tiene sentido que se separe la adquisición del conocimiento de su adaptación. Es claro que la separación responde a una racionalidad tecno-jurídica que concibe al conocimiento como producto terminado. Es decir, como un “útil” o herramienta cuya adquisición nos “obliga” a hacer un determinado uso que está limitado por alguna restricción adicional a la habilidad intelectual. Sin duda, esta libertad “1” presume entonces que la adquisición de la que estamos hablando en la libertad “0” está referida a la adquisición de una “herramienta”, lo cual disminuye la condición de bien socio-cultural de apropiación pública y universal. Pues bien, cuando se revisan las otras dos libertades: la “2” referida a compartir el conocimiento con los demás y, la “3” referida a la posibilidad de compartir las adaptaciones y avances que se hacen del conocimiento, sugieren inevitablemente que el tema o el espacio en el cual se da el tema de la libertad del conocimiento es fundamentalmente en un ámbito tecno-jurídico.

El ámbito está entonces delimitado por una racionalidad técnica jurídica en la que aquello de lo que se aspira liberar al conocimiento es de un tipo de conocimiento que responde a un interés que es fundamentalmente de carácter práctico, a saber, de la definición de las normas y acuerdos que regulan la relación entre los distintos actores de la sociedad. Entonces, la pregunta emerge a plenitud: ¿Cómo es que no podemos liberar al conocimiento y con él a nosotros, de aquello que resulta de un acuerdo de las normas que gobiernan a la sociedad?. Probablemente, la razón estriba en que aún no hemos llegado al caso extremo, como sociedad, que ya como individuos sabemos que esos extremos se tocan muchas antes, de experimentar que la falta de acceso al conocimiento nos puede costar la vida. Insisto en este asunto, quizás no hemos podido aún comprender como sociedades y como expresiones de la humanidad que el conocimiento es vida. Es decir, es vital. De ello, quizás el mayor obstáculo es que quizás el conocimiento que más se atesora es el conocimiento para la muerte.
Quisiera concluir brevemente con unas breves reflexiones sobre esta paradoja. Uno de los asuntos en los cuales la discusión del conocimiento adquiere la condición de una discusión al borde de la frontera de lo ético, está asociada a los conocimientos con los cuales la vida está seriamente comprometida. Este compromiso se da en las dos caras de la vida. En la posibilidad de salvarla o en la alternativa de acabarla, de disponer de ella. Eso explicaría porque hay tanto conocimiento que no se desea que caiga en “malas” manos, como si por la sencilla razón de haber descubierto o haber alcanzado el conocimiento o la tecnología las haga inexorablemente “buenas”, a aquellas manos que las atesoran.

Un segundo aspecto, tan vital como el primero pero menos inmediato, se refiere a las formas como la CyT entendida como proyecto ha ido dejando de lado algunas peculiaridades de la sociedad o de algunos sectores de la humanidad sencillamente porque ese conocimiento no genera ganancias económicas. La industria farmacéutica y de la alimentación son claros ejemplos de estas tendencias. De nuevo allí, parece que la situación de condiciones de borde sugieren que estamos más cerca de lo que creemos, en la posible y anhelada restitución del conocimiento como bien de la humanidad. Por supuesto, siempre quedará la tentación humana, demasiado humana, de intentar una nueva definición de humanidad que este asociada a quienes consumen o pueden adquirir. Esta posibilidad también pende sobre nosotros con mayor cercanía de la que nosotros quisiéramos reconocer. En todo caso, parece que de lo primero que se debe liberar al conocimiento para alcanzar su condición de bien de la humanidad es del conocimiento experto de las leyes y del mercado. O, con mayor precisión, de las leyes del mercado y del mercado de las leyes.


Post scriptum: La solidaridad humanista y la Libertad radical

Habiendo sido prometido a la instancia del debate, creo necesario esbozar lo que a mi juicio es el piso fundamental sobre el cual el debate sobre el conocimiento libre puede adquirir un mayor peso específico y realmente contribuir con el debate sobre las formas de articulación social requeridas para que el conocimiento libre florezca como posibilidad.

He señalado que el debate se plantea entre estos dos extremos porque en buena medida denotan el nivel de compromiso con el cual el individuo se relaciona o se reconoce en la sociedad en la cual despliega sus actividades y sus habilidades. En el plano de la libertad radical, la ausencia de compromiso con respecto a la herencia socio-cultural con la cual se constituye como sujeto que práctica y despliega sus talentos para el control y manipulación del mundo, supone que el ejercicio de la propiedad puede realizarse en función de una condición de derivación natural antes que constituida políticamente. La preeminencia de la propiedad individual es lo que permite hacer del derecho y de los derechos, los individuales, los constituyentes fundamentales sobre los cuales el individuo se relaciona con todo lo que no es él. Inevitablemente, la expansión y el simple uso de su derecho estará movido por una voluntad de poder que no conoce otros límites que la voluntad del poder del otro o los otros. En este sentido, propiedad lejos de ser un derecho definido políticamente se asume como una propiedad ontogenética del ser humano.

Por otra parte, la solidaridad humanista entendida como el reconocimiento del otro no sólo desde la relación de vulnerabilidad o dependencia en la cual una de las partes de la relación se encuentra, sino precisamente desde una perspectiva más positiva o proactiva, es decir, una solidaridad que en lugar de acudir a dar a quien sufre se anima a dar y compartir con aquellos que tienen capacidades y talentos que pueden ser potenciados con la participación de otros, supone la incorporación en una economía del don que sale del circulo gastado de la caridad y se transforma en un circulo virtuoso del cultivo de la cooperación y la solidaridad como valores continuos y no discretos. Es decir, que la solidaridad no ocurra desde el reconocimiento de la minusvalía circunstancial sino de una condición humana, la de dependencia. Desde allí, el debate sobre la propiedad tendrá como centro aquello que siendo de todos merece el mayor de los cuidados, pues no se trata tan sólo de la sobrevivencia de cada quien, sino además, de la continuidad de la humanidad. De este tenor entonces, el debate trascendería sin mayores dificultades el límite de la propiedad como derecho, a una condición más profunda sobre el sentido de la pertenencia de nosotros al mundo y no al revés, fórmula esta última que sin duda nos va dejando poco mundo que entregar al porvenir que se acerca.

Referencias
1.Habermas, J. (1987). Knwoledge and Human Interests. Polity Press.